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Había permanecido tal vez unos 15 días escondido en la “casita de tierra y techo de palma” de “Tía Orbita”.

La situación se tornó cada día más tensa y eso preocupó a mis padres que sufrían temerosos el asedio y la constante vigilancia policial, especialmente de “Antonio”, el cual había jurado que me apresaría.

Esa insoslayable realidad me forzó a salir subrepticiamente para esconderme donde Tía Orbita, una frágil mujer que vivía en una por precaución humilde pero acogedora casucha ubicada en la plantación de guineos de don Humberto Michel, que había sido síndico del municipio de Tamayo y reconocido exportador de bananos de la zona.

La casa estaba ubicada en las cercanías, casi debajo de una copiosa mata de mangos “Jáquez” en la finca de Michel, con quien ésta tuvo dos hijos: Plutarco y Lidio, quienes compartieron conmigo en la estadía involuntaria, los estrechos camastros donde éstos dormían.

Permanecí unas dos semanas en aquel lugar, en razón de que persistía la vigilancia policial en la casa de mis padres. Por precaución traté de nunca salir del “aposento” o precario dormitorio donde estaba escondido, donde tenía que bañarme y hacer allí las necesidades básicas.

La casita de Tía Orbita quedaba cerca del cuartel de la Policía y los agentes acudían a veces a bañarse en las proximidades, en la “regola de Humberto Michel”.

Ahora, ¿por qué tuve que esconderme? La persecución comenzó a raíz de que días atrás un pequeño grupo de jóvenes “desbaratamos” una manifestación al Partido Reformista durante la visita a nuestra comunidad de su líder Joaquín Balaguer, presidente de la República y principal promotor de su reelección.

La protesta molestó a sectores enquistados en el gobierno reformista pese a que en el incidente no se produjo daño a ninguna persona. Pero al parecer la claque en el poder decidió “dar un escarmiento” por esta acción de los jóvenes de Tamayo.

Los aprestos de esta medida represiva llegó a conocimiento, a través de confidencias suministradas por disidentes de organismos de seguridad del Estado al líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) doctor José Francisco Peña Gómez, quien para prevenir envió a esa comunidad del lejano Sur al dirigente perredeísta y activo hombre de su confianza, Rafael -Fafa-Gamundi Cordero.

La misión de Gamundi Cordero era advertirnos de la situación y lograr trasladarnos a la capital como forma de protegernos de posibles agresiones.

En su mensaje a través de Gamundi Cordero el entonces guía del otrora poderoso “partido blanco”, nos señalaba que había que evitar se repita lo ocurrido en Hato Mayor, donde fuerzas desaprensivas secuestraron, torturaron y asesinaron a tres jóvenes militantes de la Unión de Estudiantes Revolucionario (UER) los hermanos Malé y Serafín Santana Vilorio, y su amigo Juan Zorrilla.

Permanecer dos semanas encerrado, sin ver la luz del sol y solo escuchar la voz de familiares y cercanos a través de las endebles paredes de tierra de la casucha donde estaba oculto, y sin que estos supieran que yo estaba allí, resultó desesperante.

La impaciencia y desesperación terminó rebosando y un día decidí, bordeando las siete de la noche, salir a bañarme en la “regola” o canal de regadío que atravesaba parte del poblado y pasaba cerca de la casa.

En aquel lugar había una especie de “bañadero” a donde acudían a asearse hasta los agentes policiales, casi siempre durante el día, nunca de noche. Disfrutaba al máximo y como nunca este baño de agua fresca y corriente de la regola. Zambullía y zambullía, subía y bajaba dentro del agua haciendo continuas maromas, mientras tarareaba aquella inmortal canción de la época “El arca de Noé” (Elio Roca-intérprete):

“Un vuelo de gaviotas dirigidas hacia un mundo de silencio
En la noche una estrella de acero
confunde al marinero
Rayas blancas, el cielo azul
ponen a Cantabria en el soñar de los niños
La luna llena de banderas sin tiempo
¿Qué ha pasado con el hombre?
“Partirá, la nave partirá
dónde llegará
eso no lo sé
será como el arca de Noé
el perro, el gato, tú y yo”
¿Qué ha pasado con el hombre?
….”.

En uno de esos inolvidables zambullones, me quedé un rato sumergido en la fría agua del canal. Cuando emergí vi en la espesa oscuridad de la noche, a la orilla de la regola, la silueta de aquel hombre erguido y con rígida pose militar que apuntaba con su arma, iluminado solo por tenues luces de luna.

Pensé haber sido encontrado por la policía en aquel oscuro y solitario lugar. Esta vez creí que estaba atrapado y no tendría escapatoria. Fugaces pensamientos surcaron mi mente en aquel doloroso tráfago cubierto de espesa oscuridad: -“Caí en manos de la policía”, cavilé. ¿Y si me desaparecen…?. ¿Por qué no hice caso a Tía Orbita que me advirtió que no debí bañarme en ese lugar que iban policías?”. –“No volvería a ver a mis padres…”.

Pero como si despertara de una pesadilla hice una maraña de ruido y grité fuerte:
¡Ay!, ¡ay! ¡No dispare! ¡No dispare…!”. También sorprendido por mi inesperada presencia, el desconocido gritó con rudeza, a la vez que rastrilló el arma: -¿Quién está ahí, quién diablo está ahí…? En medio del espanto y la confusión escuché esa voz que reconocí de inmediato. Era mi primo Chachao, uno de los hijos de Franciscolo Vólquez, tío de mi madre Octavia Espejo:
-“Chachao, Chachao, soy yo no dispare, no dispare….”, imploré desesperado.
Chachao, también extrañado preguntó por qué estaba bañándome en ese lugar solitario y a esa hora. Le expliqué la situación, pero no entendía nada, era un hombre extremadamente rudo dedicado al campo, entregado “con cuerpo y alma” a la producción agrícola, desde muy temprano de la mañana hasta en la noche y no conocía nada de persecución policial.

-“Te salvaste de casualidad. Dale gracias a Dios que no disparé, saqué el cartucho a la escopeta antes de llegar hasta aquí”, dijo. –“Estuve a punto de disparar…”. Y agregó: -“Creí que tú eras un policía”.

Explicó que regresaba a su casa “estrechando” entre los conucos para no pasar por el frente del cuartel de la Policía, en razón de que su escopeta era ilegal, temía se la quitaran y ser apresado.

-“Mira como son las cosas, los dos andamos agachándonos de la Policía”, expresó. Ya estaba algo distendido cuando me dijo eso.

Chachao acudió de una vez donde mis padres y explicó lo sucedido. Esa misma noche y después de aquellas dos semanas de encierro involuntario, en mi casa tomaron la decisión de enviarme para la capital. Hablaron con Carlos (Carlos La Wepia) , transportista que llevaba pasajeros a Santo Domingo en un carro de su propiedad. Éste organizó entonces un viaje de madrugada para evadir el chequeo de la policía a la salida de la localidad.

Era una mañana fresca cuando salíamos del pueblo. Carlos no se detuvo en el cuartel para chequeo como era lo indicado y avanzó hacia adelante hasta la estación de expendio de gasolina a echar aire a las gomas. El policía de servicio se movilizó hacia el vehículo, pero el conductor bajó rápido del mismo y lo alcanzó antes de que llegara a inspeccionar.

-“Hola Carlos ¿qué raro? ¿Y tú con este viaje a esta hora?”, preguntó. El conductor le indicó que llevaba una persona enferma, pero sin identificarla, y tenía que estar en Santo Domingo a las ocho de la mañana para cumplir la cita con el médico. -¿Y qué haces en la gasolinera, tú sabes que esas gentes no abren a esta hora?

-Ah sí, verdad que sí, es cierto. Ahora tendré que hacer una entrada en Barahona para echar combustible y aire a las gomas”, articuló. –“Pues date rápido para que puedas llegar a tiempo a la capital”, respondió el agente policial.

Presuroso Carlos se montó en el vehículo y arrancó raudo rumbo a Santo Domingo. Logramos evadir este primer chequeo policial y presumimos que ya llegaríamos sin problemas a nuestro destino. Olvidamos, sin embargo, el retén del Cuartel Regional de la Policía en Azua, donde también seríamos sometidos a revisión.

En esta ciudad el chofer quiso hacer lo mismo que en Tamayo, pero no pudo. Le ordenaron detenerse a fuerza de incesantes pitazos, teniendo que detener el vehículo. –“Hasta aquí llegué”, pensé. Los otros pasajeros se quedaron tranquilos esperando la observación.

Al bajar del carro Carlos les pidió a los otros ocupantes que me taparan mientras él abría el baúl para el chequeo. Pero para “mala suerte” la revisión la hizo el Teniente Terrero, un oficial recto que había sido el comandante del cuartel de Tamayo y conocía mis andanzas en las lides políticas.

El oficial Terrero revisó el baúl y después se desplazó a chequear los pasajeros. Introdujo la cabeza en el interior del carro y allí me vio amodorrado, casi cubierto por las otras personas. Iluminó mi cara con un pequeño foco, me miró fijamente y me dijo con su auténtica voz gruesa, gutural:
-“Anda corriendo, qué hiciste que está escondiéndote…”. Me quedé mudo, petrificado.

Esperé que dijera: -“Baje del vehículo, está preso”. Pero Carlos no dio tiempo y exhibiendo una admirable habilidad, sabiendo que yo era como encargo sagrado de su respetable amigo Eloy Reyes Gómez, mi padre, saltó rápidamente manifestando:
-“No, no comandante, Emiliano está muy enfermo. Tiene que ver al médico bien temprano en la capital”.

-¡Ay Carlos!, yo sé que anda corriendo, lo conozco; pero váyanse, está bien”. Sentí una alegría inmensa cuando escuché al teniente Terrero decir que nos vayamos. Vi la gloria y entonces retornó a mí la serenidad de mi ser.

Tiempo después coincidí con este oficial cuando laboraba como reportero en el noticiario Radio Mil Informando. Ambos hacíamos filas en el Instituto Nacional de la Vivienda (INVI) para pagar un inicial para adquirir un apartamento. Me dijo entonces que adquiere una vivienda para sus hijos que ingresaron a la universidad.

Pasado un par de años escuché por la radio la triste noticia de que este oficial había sido abatido a balazos en la galería de su casa.

En ese momento pasaba frente a su vivienda una caravana de campaña del Partido Revolucionario Dominicano. Uno de sus hijos tuvo una discusión con manifestantes y desde la multitud un tunante intervino haciendo los disparos mortales que segaron la vida de un policía probo y correcto.

Son de las cosas que ocurren y que son propias de los insondables vericuetos de la vida, y a las que uno, por más que piense o medite, no le encuentra explicación alguna.

*El autor es periodista

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