Incompetencia técnica en las instituciones públicas

Por: Glenis E. Féliz glenisefeliz@gmail.com

Por: Glenis E. Féliz glenisefeliz@gmail.com

Desde el mismo momento en que el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo aprueban y promulgan una ley para crear una determinada institución pública para trazar políticas públicas sobre un determinado sector que incide en los servicios o en el desarrollo de la nación, deberían contemplarse las competencias profesionales mínimas que debían exigirse, y obligatoriamente cumplirse, para ocupar los principales cargos, técnicos y administrativos, de esa institución, como forma de garantizar la eficiencia y el éxito de dicha institución.

En nuestro país hemos visto médicos en instituciones del área de las finanzas públicas, agrónomos en el área eléctrica, médicos y abogados en el área de medio ambiente, ingenieros y arquitectos al frente del área diplomática, periodistas en el servicio diplomático exterior, gremialistas en la delicada área de educación, empresarios en el área de obras públicas, abogados y políticos en el área de energía y minas, químicos en el área de economía y planificación, militares en el área del transporte, y aunque en algunos casos menores se han obtenido excelentes resultados gerenciales, en la mayoría de los casos los resultados han sido desastrosos por no entender nada de las obligaciones y prioridades de la institución, porque nombrar a alguien en una institución que no conoce es como enviar de compras a China a alguien que no habla mandarín y no tiene el acompañamiento permanente de un buen intérprete .

Para contrariar este análisis alguien podría decir que muchos profesionales han fracasado en instituciones afines a su profesión, y esa es una gran verdad que sirve de plataforma a nuestro planteamiento, porque el funcionario ideal no es el político miembro de la máxima estructura dirigencial de un partido político, aunque sea un profesional, sino que el funcionario ideal es aquel que además de dominar a profundidad la profesión vinculante a la institución, domina los aspectos gerenciales y sabe vincularse con las prioridades y necesidades del sector. 

En pocas palabras no debemos poner a los médicos a construir carreteras ni a los ingenieros a recetar medicamentos. En la política dominicana de ayer y de hoy casi todo el mundo quiere participar en la política partidista, y en las campañas electorales, como garantía de acceder a un puesto importante en la administración pública, porque si ganamos las elecciones cualquiera puede ocupar cualquier puesto, aunque no hable el idioma del puesto, ni conozca a los líderes del sector a quienes va a trazarles planes y programas, sobre todo en un país de cultura medalaganaria, donde todo el mundo hace lo que le da la gana desde el mismo día de toma de posesión cuando anuncia:  ¨a partir de hoy esta institución va a cambiar¨ y la hace cambiar, porque suspende todos los proyectos en ejecución y suspende al personal entrenado y capacitado, para llevar a sus allegados y amigos e iniciar sus propios proyectos para tener el orgullo de decir “eso lo hice yo”.

Desde entonces el orgullo de la mediocridad, el orgullo de la incompetencia técnica y el orgullo de la falta de respeto al personal que lleva años ofreciendo sus servicios técnicos y administrativos en dichas instituciones, es una vergüenza nacional. 

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